09/25/2026
Cada vez que nadamos en un lago de montaña, compartimos el agua con miles de microbios que nunca vemos. 🔬
Nuestra amiga Chloé Savard, también conocida como tardi.babe en Instagram, decidió echar un vistazo más de cerca y resulta que el agua alpina está repleta de desmidias, ciliados y pulgas de agua, todos ellos ocupados en sus quehaceres a una escala que a la mayoría de nosotros ni se nos ocurre observar.
Las protagonistas son las Micrasterias, un género de desmidias, algas verdes unicelulares con forma de diminutos copos de nieve simétricos. Cada célula se divide en dos mitades simétricas llamadas semicélulas, unidas por una estrecha cintura. Cuando una Micrasterias se divide, cada mitad desarrolla una nueva semicélula idéntica para sustituir a la que dejó atrás.
Junto a ellas encontramos un Closterium, otra desmidia, pero alargada y curvada como una luna creciente. Las células de Closterium suelen albergar cristales visibles de sulfato de bario dentro de las vacuolas de cada extremo, estructuras que se cree que ayudan a la célula a percibir la gravedad y a orientarse en el agua.
Luego está el ciliado que brilla con motas de color verde amarillento esparcidas por todo su cuerpo, que en realidad son zooclorelas, algas simbióticas que viven dentro de una sola célula, una asociación en la que las algas realizan la fotosíntesis y comparten azúcares con su huésped a cambio de refugio.
Y, entre casi todos los fotogramas, se cuelan los quidóridos (Chydoridae), una familia de diminutas pulgas de agua que prefieren vivir y buscar alimento a lo largo de la zona bentónica (el lecho de estanques y lagos), en lugar de en aguas abiertas. Si miras con atención, podrás ver a alguna de ellas llevando consigo un racimo de huevos.
La próxima vez que nades en un lago de montaña, recuerda: en realidad, nunca estuviste nadando solo.