25/05/2026
“La evangelización no salvó culturas… las reemplazó.”
Durante siglos se nos enseñó a repetir una narrativa profundamente simplificada sobre la llegada europea al continente americano: hombres civilizados arribando a tierras “salvajes” para traer conocimiento, fe y progreso. Sin embargo, cuando uno comienza a revisar seriamente documentos coloniales, cartas de frailes, debates teológicos y registros históricos del siglo XVI, descubre algo muchísimo más incómodo: una parte importante del debate europeo inicial no giraba alrededor de cómo comprender las culturas originarias, sino alrededor de si los habitantes de estas tierras podían ser considerados plenamente humanos.
Y aunque hoy resulte brutal escucharlo, esa discusión existió realmente.
Basta revisar el famoso Debate de Valladolid entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, ocurrido entre 1550 y 1551. Mientras Las Casas defendía que los pueblos originarios poseían racionalidad y debían ser evangelizados sin violencia extrema, Sepúlveda argumentaba que eran “inferiores por naturaleza” y que la guerra contra ellos era legítima. Es decir, la discusión ni siquiera comenzaba reconociendo igualdad cultural; comenzaba intentando decidir qué lugar ocupaban los pueblos originarios dentro de la estructura moral y política europea.
A partir de ahí comenzó uno de los procesos de transformación cultural más profundos de la historia del continente. No se trataba únicamente de cambiar creencias religiosas. Se trataba de reorganizar completamente la manera en que las personas interpretaban el universo, el tiempo, el cuerpo, la naturaleza, la memoria y la identidad. Se destruyeron amoxli, se prohibieron lenguas, se modificaron nombres, se construyeron iglesias sobre antiguos teocallis y se reemplazaron sistemas completos de pensamiento por estructuras europeas que poco entendían del contexto filosófico de los pueblos originarios.
Fray Diego de Landa, por ejemplo, escribió en el siglo XVI acerca de la quema de numerosos códices mayas argumentando que contenían “supersticiones y falsedades del demonio”. Décadas después, muchos cronistas describían las prácticas originarias utilizando términos europeos como “ídolos”, “hechicería” o “paganismo”, categorías que alteraban profundamente el verdadero significado de aquellas formas de conocimiento.
Y quizá ahí aparece la pregunta más incómoda de todas: ¿qué habría ocurrido si en lugar de reemplazar nuestras estructuras culturales hubieran intentado comprenderlas verdaderamente?
Porque la evangelización no solamente transformó prácticas religiosas; también modificó la percepción que generaciones enteras tuvieron sobre sí mismas. Nos enseñaron a mirar nuestros símbolos con miedo, nuestras lenguas con vergüenza y nuestros conocimientos con inferioridad.
Pero ninguna cultura desaparece completamente mientras alguien continúe recordando.
Y tal vez el verdadero cambio comienza cuando dejamos de repetir narrativas heredadas y empezamos a estudiar nuestra historia desde nuestras propias raíces.
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Palabras del corazón de Adrián Koskakoatl