29/07/2026
La actual Secretaría de Arte, Cultura y Patrimonio de los Pueblos de Honduras, debería (al menos en teoria), ser una evolución institucional de la anterior Secretaría de las Culturas, las Artes y los Patrimonios de los Pueblos de Honduras (SECAPPH), un cambio de nombre que para muchos actores del sector cultural no es meramente administrativo, sino también simbólico. En ese tránsito, se reconoce el papel de la historiadora, ensayista y promotora cultural, Dra. Anarella Vélez Osejo durante el gobierno de la presidenta Xiomara Castro, como parte de un proceso de reordenamiento de la política cultural nacional.
Durante la etapa de la SECAPPH (denominación anterior), la institución fue vista por distintos sectores como una estructura que buscó salir del rezago histórico en el que había funcionado la gestión cultural del Estado. Se habla de un proceso de “levantar el telón” a una política pública que venía golpeada, donde la cultura muchas veces era tratada como adorno institucional. En ese contexto se impulsaron acciones de recuperación de espacios, profesionalización de equipos y una apuesta por descentralizar la cultura hacia los territorios. Se destaca la expansión de más de 50 casas de la cultura en distintos puntos del país, la restauración de espacios artísticos y la apertura internacional con iniciativas como la Feria Internacional del Libro en Honduras, entendida por muchos como una verdadera fiesta del pensamiento, la palabra y la identidad.
En la actual etapa bajo la Secretaría de Arte, Cultura y Patrimonio de los Pueblos de Honduras (nombre vigente), el debate se centra en la continuidad de esa hoja de ruta. Diversos sectores culturales insisten en que no se debe “botar el guacal con todo y agua limpia”, es decir, perder lo construido por falta de visión o por cambios de enfoque improvisados. Se plantea fortalecer proyectos como la Orquesta La Victoria, consolidar las casas de la cultura ya existentes y garantizar apoyo real a los grupos artísticos de “tierra adentro”, a los que muchas veces se les conoce como el verdadero corazón del arte popular, el que nace en la aldea, en el barrio, en la fiesta patronal y en el golpe de marimba o el canto campesino.
También se insiste en no reducir la política cultural a “ferias de vitrina” o eventos de escaparate, sino a construir una verdadera didáctica de las artes, donde el pueblo aprenda, cree y participe, más allá del aplauso fácil o la foto de ocasión. En ese sentido, se advierte sobre el riesgo de que la cultura se convierta en simple espectáculo sin raíz, desconectado del “sabor a pueblo” que dan las tradiciones, el arte comunitario y la memoria viva.
Asimismo, se considera clave mantener y fortalecer la Feria Internacional del Libro como un espacio de pensamiento y no dejarla caer en el olvido, así como continuar la restauración y creación de teatros en todo el país, que funcionan como “casas del espíritu” donde la cultura respira. Finalmente, se subraya la importancia de que la gestión cultural esté en manos de gente con formación real en arte, historia y patrimonio, evitando que la institucionalidad se convierta en un espacio sin rumbo o sin sensibilidad cultural. El llamado general es a que esta nueva etapa no rompa con lo avanzado, sino que lo engrandezca, manteniendo viva la llama cultural que, cuando es bien cuidada, ilumina al país entero.