25/06/2026
PIRITA SOBRE MÁRMOL
La pirita es un mineral del grupo de los sulfuros que puede encontrarse en una amplia variedad de formaciones geológicas, desde depósitos sedimentarios hasta vetas hidrotermales y, por supuesto, marmóreos como el de la ilustración, procedente de la Sierra de los Filabres, en el Alto Almanzora almeriense. Está compuesto de hierro y azufre, en una proporción variable de 6 a 4.
El brillo metálico de la pirita se debe a su capacidad de reflejar la luz uniformemente en cualquier dirección y se asemeja al del oro, de ahí el calificativo de “oro de los tontos o de los pobres”.
En el pasado se usaba como fuente de ignición en armas de chispa, aunque hoy su uso industrial se centra en la producción de ácido sulfúrico y mena de hierro. Es un mineral muy apreciado por coleccionistas aficionados a la geología y se trabaja artesanalmente para crear objetos decorativos de mesa o de trabajo. En el mundo de la gemología alternativa y del fen shui la pirita es considerada una piedra de la abundancia, capaz de atraer y acumular energía positiva.
Y ahora, una historia:
De niño, once o doce años, tuve un trozo de mármol con una pirita enorme en el centro, lo que hacía que pareciera un ojo de oro delicadamente ovalado. Lo robé de un camión destartalado aparcado a la puerta del cuartel de la guardia civil, entonces en el barrio del Cabecico, justo al lado de los colegios. Al parecer, los guardias habían detenido a unos ladronzuelos de poca m***a que huían de la zona de Macael con su botín de mármol, sobre todo losas para suelo, pero también peldaños, columnas y pasamanos para barandas. Alguna se había roto en el traqueteo del viaje y uno de los trozos asomaba por el portón de atrás del camión. Al sol del mediodía la pirita incrustada brillaba hasta cegar. Me acerqué todo lo disimuladamente que pude y en un descuido del guardia de la puerta cogí la piedra y la escondí en el maletín de la escuela. El guardia no se enteró, pero una de las niñas que vivían en el cuartel, más o menos de mi edad, desde una ventana, me vio y se quedó con la copla. Me venía un color y se me iba otro mientras pensaba que se iba a chivar y me encerrarían allí mismo, en el calabozo del cuartel. Se rió y entonces supe que me había salvado.
Al día siguiente la vi en el recreo y se acercó a mí para que le enseñara el botín, lo que hice a escondidas. Se rió todavía más: le parecía una locura que me hubiera atrevido a robar una piedra, por muy bonita que fuera,a las puertas de un cuartel de la guardia civil en pleno día. Digo yo que tenía razón.El caso es que la piedra con el oro de los tontos nos hizo amigos y, en lo que a mí respecta, creo que algo más. En junio, al acabar el curso, le regalé mi más preciado tesoro y unas letras que atiné a escribir: a su padre, el teniente del puesto, lo trasladaban y se marchaban a otro cuartel muy lejos. Nunca más volví a ver a Sofía (ni a la piedra) Quiero pensar que aún la conserva.
Espacio: sala de minerales. Texto: Ardiles. Donación: Juan Ibáñez Maroto.