Sala de Arte Murillo

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Homenaje al dibujo donde todo comienza, a través de una de sus máximas representantes.
13/05/2026

Homenaje al dibujo donde todo comienza, a través de una de sus máximas representantes.

Últimos días para participar 🎨
03/05/2026

Últimos días para participar 🎨

✨ El Restaurante CASA CONSUELO, con el patrocinio y colaboración de Fundación Caja Rural de Asturias, Astilleros Armón, Maderas Navelgas, y los Ayuntamientos de Valdés, Oviedo, Gijón y Salas, convoca la XIX Bienal Arte y Gastronomía CASA CONSUELO.

🎨 Una cita única donde el arte y la gastronomía se dan la mano un año más.

📄 Consulta las bases en 👉www.bienal.casaconsuelo.es

17/04/2026

Una curiosa desconocida 🎨

En este día internacional del Arte, un recuerdo para una de las obras más queridas, desde su creación hasta nuestros día...
15/04/2026

En este día internacional del Arte, un recuerdo para una de las obras más queridas, desde su creación hasta nuestros días.
La Lechera de Vermeer desprende en su gesto una mezcla de acción y concentración, que nos relaja transportándonos al aquí y ahora, con esa luz, con esa sensación de silencio que transmite.

!Feliz día!

Expresión, Pasión.Museo Nacional de Escultura de Valladolid.
02/04/2026

Expresión, Pasión.

Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Comienza la temporada alta del Arte en Madrid.
14/02/2026

Comienza la temporada alta del Arte en Madrid.

14/02/2026
Mente y Arte.
15/12/2025

Mente y Arte.

Yayoi Kusama no huyó de su mente; la transformó en un universo. Desde su infancia, ha convivido con alucinaciones: campos enteros cubiertos de lunares, flores que hablaban y redes infinitas que la envolvían. En lugar de temer a estas visiones, decidió convertirlas en su motor creativo.

Su obsesión por la repetición, lo abrumador y el infinito se volvió su firma. Pintó, esculpió, escribió e intervino cuerpos en happenings callejeros. Se adelantó al minimalismo, al pop art y a las instalaciones inmersivas, pero en ese entonces, la industria del arte la ignoró. Era mujer. Era japonesa. Era incómoda.

Mientras sus colegas hombres se convertían en leyendas, Kusama regresó sola a Tokio, exhausta, invisibilizada, al borde del colapso. En 1977, se internó voluntariamente en el Hospital Seiwa para enfermos mentales en Tokio. Desde entonces, ha continuado su extraordinario trabajo. Cada mañana, cruza la calle hasta su taller, construyendo uno de los universos más singulares del arte contemporáneo.

Sus famosos "Infinity Rooms" son cuartos cerrados llenos de luz y reflejos: una ilusión sin fin, un reflejo de su propia mente. Entras, y la pregunta surge: ¿es un juego o una advertencia? Los puntos que inundan sus lienzos, esculturas y paredes no solo decoran; se repiten, una y otra vez, hasta que algo en ti se agota o, quizás, se despierta.

La vida de Kusama es un acto de resistencia. Convirtió el encierro en refugio, el trauma en estética y la obsesión en arte. Mientras el mundo intenta comprenderla, ella sigue creando, sin pausa, desde su habitación en el hospital.

Kusama no busca respuestas, solo multiplica preguntas. Y una de ellas, quizás la más brutal, nos invita a reflexionar: ¿Dónde termina la enfermedad y dónde comienza la genialidad?

Dibujando y disfrutando a tope 🪄✏️Con los guantes de Carlos Muro.
13/12/2025

Dibujando y disfrutando a tope 🪄✏️
Con los guantes de Carlos Muro.

!Disfrutando a tope!

Compañeras, compañías trágicas 🖤
06/12/2025

Compañeras, compañías trágicas 🖤

Dos días después del funeral de Modigliani, su compañera —embarazada de ocho meses— subió al quinto piso de la casa de sus padres y se arrojó por la ventana. Tenía 21 años.

París, marzo de 1917.
Jeanne Hébuterne tiene diecinueve años y estudia pintura en la Académie Colarossi. Es tranquila, extremadamente talentosa y pertenece a una familia católica de clase media: un padre contable, una madre que lava ropa para ganarse la vida.

Allí conoce a Amedeo Modigliani. Él tiene treinta y tres años. Es escultor y pintor, judío, italiano, pobre, alcohólico, tuberculoso. Todo lo que la familia de Jeanne teme.

Pero también es brillante. Carismático. Un artista consumido por una visión que pocos comprenden.

Modigliani pinta rostros alargados, cuellos como columnas, ojos almendrados sin pupilas. Sus desnudos son sensuales, modernos y provocadores. No vende casi nada; vive enfermo, endeudado y hundido en el alcohol en los cafés de Montparnasse.

Jeanne se enamora perdidamente.
Se muda con él pese a la furia de sus padres. Su padre la reniega. Su madre llora. Para ellos, Modigliani es un peligro: mayor, extranjero, bohemio, inestable.

Pero Jeanne no siente que pierda nada. Siente que por fin respira.
Su estilo cambia: capas, botas altas, peinados audaces. Ya no es la hija obediente; es una artista, una mujer que decide.

Modigliani la pinta más de veinte veces. En sus cuadros, Jeanne aparece serena, elegante, casi suspendida en un silencio propio.

El 29 de noviembre de 1918 nace su hija.
La llaman Jeanne, como su madre.
Una niña “ilegítima” en la Francia católica de la época. La familia Hébuterne se niega a reconocerla. El joven hogar vive entre habitaciones prestadas, sin dinero, dependiendo de amigos y mecenas.

La salud de Modigliani se deteriora sin tregua. La tuberculosis lo consume. Bebe para calmar el dolor, fuma para olvidar, y aun así pinta compulsivamente, como si supiera que el tiempo se le escapa.

A finales de 1919, Jeanne vuelve a quedar embarazada.
Ocho meses de gestación. Una habitación fría, sin calefacción, sin comida suficiente, una niña pequeña que alimentar y un hombre al que ama que se encuentra demasiado enfermo para trabajar.

Los amigos intentan ayudar —el poeta Léopold Zborowski hace lo posible por vender sus obras—, pero casi nadie las compra.

Enero de 1920. Modigliani se desploma en la calle.
Una semana de agonía. Fiebre, delirio, meningitis tuberculosa. Jeanne, con el vientre enorme, lo cuida hasta el final.

El 24 de enero de 1920 Amedeo Modigliani muere a los treinta y cinco años.
El funeral es solemne. El mundo artístico de París acude a despedirlo. Lo entierran “como a un príncipe” en el Père-Lachaise.

Jeanne, en cambio, pasa desapercibida. Es la amante embarazada. La joven cuya presencia incomoda. La prueba viviente de un amor que su familia nunca aprobó.

25 de enero.
Jeanne vuelve a la casa de sus padres. Ocho meses de embarazo. Una hija pequeña. Ningún ingreso. Ningún hogar. Ningún marido —Modigliani murió antes de que pudieran casarse.

Esa noche escucha a sus familiares debatir el destino de sus hijos.
Ilegítimos. Problemáticos. Una carga.
Hablan como si sus pequeños fueran objetos que se pueden repartir o esconder.

26 de enero de 1920, al amanecer.
Jeanne sube al quinto piso, a su antigua habitación. La habitación de antes: antes de Modigliani, antes de la bohemia, antes de ser madre.
Abre la ventana.
Y salta.

Mueren ella y su bebé por nacer.
Tenía 21 años.

El escándalo es inmediato.
Una joven católica. Embarazada. Suicidio.
La familia, avergonzada, la entierra deprisa, sin honores, sin permitirle descansar junto a Modigliani. No en el Père-Lachaise. No donde el mundo pudiera verla.

¿Por qué saltó?
¿Amor absoluto? ¿Desesperación? ¿La certeza de no tener un lugar en el mundo sin él?
Probablemente todo a la vez.
Una vida sin apoyo, sin posibilidades, sin salida social en 1920.

La familia Modigliani protesta. Jeanne debería estar junto a Amedeo.
La familia Hébuterne se niega. La vergüenza continúa incluso después de la muerte.

Pasarán diez años.
En 1930, por fin, exhuman a Jeanne y la trasladan al Père-Lachaise, junto a él.
Su epitafio dice: «Compagne dévouée jusqu’au sacrifice suprême» —
«Compañera devota hasta el sacrificio supremo».

Sacrificio.
Esa es la palabra que eligieron para contar su vida.
No “artista”.
No “madre”.
No “compañera”.
Sacrificio.

Modigliani se convirtió con el tiempo en uno de los artistas más valorados del mundo; sus obras alcanzan precios de millones.
Jeanne, en cambio, quedó relegada durante décadas a un pie de página: la musa trágica, la joven que se lanzó por una ventana.

Hoy descansan juntos en el Père-Lachaise.
Pero incluso en la muerte, hubo quienes intentaron separarlos.
Incluso en la muerte, pesó más la vergüenza que el amor.

Así terminó la vida de Jeanne Hébuterne, 21 años, pintora prometedora, mujer que eligió amar con una intensidad que su época no supo comprender —ni sostener.

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Oviedo
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