19/06/2026
Presentamos al relato ganador del I Concurso de Microrrelatos del Museu d'Història i Etnologia de Moncofa en la categoría de adultos en lengua castellana. Esta categoría fue, con diferencia, la que tuvo una mayor participación. El vencedor fue José Carlos Vara Mata, con su relato "La radio que aprendió a remar". El relato enlaza de una forma muy original los objetos del museo con su pasado.
José Carlos Vara Mata (Madrid, 1982) es economista, escritor y experto en banca, riesgos financieros y regulación. Licenciado en Ciencias Empresariales y con múltiples másteres en áreas como Big Data, Finanzas, Recursos Humanos y Business Intelligence, ha trabajado durante más de dos décadas en entidades como Banco Santander y Cecabank, gestionando proyectos internacionales y liderando equipos multidisciplinares.
Apasionado por la divulgación y la formación, ha participado como voluntario en programas de educación financiera, y es autor de numerosas publicaciones que van desde manuales técnicos y ensayos económicos hasta cuentos infantiles, poemarios y novelas históricas. Combina rigor, claridad y una vocación por acercar el conocimiento y la historia a todos los públicos. Cuenta con varias novelas en el mercado y es ganador de varios Certámenes de reconocido prestigio, tanto nacional como Internacional.
Ha publicado ya 4 novelas (el hijo de roma, el Auriga de los dioses, la Cazadora de estrellas y la hija del espía, un poemario llamado canto negro de la luna herida y tiene varios libros autopublicados. Se pueden encontrar todos en Amazon.
Su Instagram es y su página web es www.josecarlosvaramata.com
LA RADIO QUE APRENDIÓ A REMAR
La primera vez que la radio habló sin pilas, mi abuelo llevaba veinte años mu**to.
Estaba en la vitrina del Museu de Moncofa, junto a un remo carcomido y un legón con tierra endurecida en la hoja. Yo había entrado para huir de la lluvia, no de la memoria. La guía explicó que aquella radio antigua había pertenecido a una familia de pescadores; durante la riada del cincuenta y tantos, dijeron, salvó a medio barrio porque alguien avisó desde ella antes de que el agua entrara por las cocinas.
—Mentira —susurró la radio.
Nadie más pareció oírla.
Me acerqué. Del altavoz salió una voz de sal y tabaco.
—Tu abuelo no murió en la mar. Volvió.
Miré el remo. Tenía grabadas unas iniciales que mi madre repetía en sueños. Toqué el cristal y, detrás de mí, la lluvia dejó de sonar. En la sala apareció un hombre empapado, joven todavía, con los ojos de las fotografías que mi abuela guardaba boca abajo.
Traía el legón al hombro.
—Cavé un pozo para esconder el miedo —dijo—. Y luego no supe salir.
La guía encendió las luces. El hombre desapareció. La radio volvió al silencio.
Esa tarde llamé a mi madre. Antes de contarle nada, ella preguntó:
—¿Has oído a tu abuelo?
Comprendí entonces que los museos no guardan objetos.
Guardan a quienes aún no hemos aprendido a escuchar.
Y guardan la vergüenza de los vivos, hasta que alguien se atreve a ponerle oreja al polvo.
*Imagen generada mediante IA.