11/09/2026
BARRILES, CAJAS Y FARDOS: EL EMBALADO DE MERCANCÍAS
El éxito de una buena venta en las ferias dependía, entre otras cosas, de que la mercancía llegara en perfectas condiciones. Los embalajes estaban concebidos para resistir las inclemencias y avatares de las rutas marítimas y terrestres. Tal como ilustran estos detalles del grabado de Jost Amman (Alegoría del Comercio, 1585), se empleaban diversos tipos de contenedores y envoltorios, según requiriese la mercancía: toneles, cajas, cartuchos de plomo o estaño, sacos o fardos envueltos en telas gruesas, a veces impermeabilizadas, y fuertemente tensados por los enfardadores con cuerdas para compactar la carga y reducir su volumen durante el transporte.
La preocupación por que las mercancías llegaran a su destino en buenas condiciones queda reflejada en una de las cartelas del propio grabado: «Las mercancías que con gran esfuerzo preparamos aquí para la feria, quiera Dios llevarlas a buen puerto, con provecho y ganancia». Por último, cada contenedor se marcaba cuidadosamente a fuego o con pintura mediante el anagrama del mercader (signum mercatoris), indicando además el peso, número de serie o la naturaleza del contenido. Esta rigurosa identificación resultaba imprescindible no solo para reconocer al propietario, también para facilitar el control fiscal y el seguimiento de las mercancías en los grandes centros del comercio europeo, como Medina del Campo.