14/08/2026
LA PROTECCIÓN POR ENTERRAMIENTO PREVENTIVO
-Por Jesús Cuenca, vocal de la Asociación-
Hay patrimonios que se protegen con restauradores, arquitectos, arqueólogos y presupuestos. Otros, con leyes, expedientes y discursos solemnes. Y luego está la Hacienda Ibarburu, Bien de Interés Cultural en Dos Hermanas, que parece haber descubierto una modalidad mucho más económica de conservación: rodearla de tierra hasta que deje de verse.
Hace apenas un mes denunciábamos que su entorno se había convertido en un catálogo de vertidos recientes. Escombros, tierras y restos de obra aparecían alrededor de una hacienda histórica con esa tranquilidad característica de los lugares donde nadie parece tener demasiada prisa por impedir nada. Se habló de vigilancia, de control y de las habituales palabras que la Administración maneja con especial soltura cuando la realidad empieza a resultar incómoda. Pero ahora hay novedades: han aparecido más tierras alrededor de la hacienda, formando una auténtica barrera. Y aquí surge la parte interesante: existen indicios y sospechas de que esta nueva actuación podría responder a una actuación promovida u ordenada por el propio Ayuntamiento, una sospecha alimentada, entre otras cosas, por la impunidad con la que se han venido realizando los vertidos en el entorno.
Conviene ser prudentes. Quizá exista una explicación perfectamente razonable. Quizá sea una medida de protección. Quizá una barrera destinada a impedir nuevos vertidos. Quizá exista detrás un proyecto técnico impecable, cuidadosamente estudiado y aprobado por todos los organismos competentes. Sería estupendo conocerlo. Porque, de momento, desde fuera, la imagen es bastante más sencilla: una Hacienda histórica rodeada de montañas de tierra. Y eso plantea preguntas bastante elementales: ¿quién las ha colocado? ¿De dónde proceden? ¿Con qué finalidad? ¿Cuánto tiempo permanecerán ahí? ¿Existe proyecto? ¿Existe autorización patrimonial? ¿Quién ha decidido que esta es la manera adecuada de proteger un BIC?
La solución, en cualquier caso, tiene una lógica administrativa casi conmovedora. Si el problema son los vertidos, existen dos opciones: retirar los residuos y perseguir a quienes los realizan, o bien poner todavía más tierra alrededor. La segunda tiene una ventaja evidente: es mucho más sencilla. No elimina el problema, pero consigue que deje de verse con claridad. Problema resuelto. O, más exactamente, problema enterrado.
Si la tendencia continúa, la Hacienda Ibarburu podría convertirse en el primer BIC protegido mediante técnicas de arqueología preventiva aplicadas al presente. Primero desaparecerá el patio, luego la planta baja y, finalmente, alguien tendrá que colocar un cartel explicativo: “En este punto existió una hacienda histórica. No se observa actualmente debido a las excelentes medidas de protección adoptadas”.
Porque quizá estemos asistiendo a una nueva concepción del patrimonio: lo importante no es tanto que el monumento esté protegido como que exista un documento capaz de demostrar que se está protegiendo. La realidad puede estar llena de escombros, tierras y abandono; el expediente, en cambio, permanecerá limpio, ordenado y perfectamente protegido.
Y mientras tanto, la Hacienda Ibarburu continúa resistiendo entre vertidos, promesas de vigilancia y ahora una muralla de tierra cuya finalidad sería muy interesante conocer. Hay algo especialmente sarcástico en todo esto: después de permitir durante tanto tiempo que el entorno se degradara, quizá la gran solución termine consistiendo en hacer desaparecer el entorno bajo más tierra. Es una estrategia impecable: si no conseguimos que el patrimonio destaque, siempre podemos conseguir que se hunda.
Quizá dentro de unos siglos alguien encuentre estas tierras y piense que la Hacienda fue una fortaleza enterrada deliberadamente por sus habitantes. Y no andará del todo desencaminado. Solo le faltará descubrir que no fue una decisión medieval. Fue la protección patrimonial del siglo XXI.
Porque hay muchas maneras de conservar un monumento. Y luego está la Hacienda Ibarburu.