24/09/2026
Queridos políticos, iréis de cabeza al in****no. Pero no por haber sido perezosos, bebedores o puteros o codiciosos o serviles o cobardes o descreídos. No, eso Dios lo perdona....
«Cuando yo era niño (de esto hace ya más años de los que yo quisiera), mis padres, mis abuelos, mis mayores, y en general la gente de entonces, solían darme un consejo que yo creo que explica algo muy significativo de la mentalidad de aquella época. Me decían: «No des que hablar», «no te signifiques», «no llames la atención». Nada que ver, desde luego, con ciertas tendencias actuales, donde tantos y tantas se esfuerzan y cifran el éxito personal en dar que hablar, en significarse, en llamar la atención. Y ese consejo, que entraña una visión moral de la vida y del mundo, está para mí relacionado con otro, que es acaso el mejor consejo que yo haya recibido nunca. «Haz las cosas con jeito», me decían a menudo mis padres, sobre todo cuando hacía algo de mala gana, o de cualquier manera, o lo dejaba a medio hacer.
He hablado ya muchas veces de esta palabra, y no me canso de hacerlo, porque hay pocas palabras de un significado tan hondo, tan palpitante, tan extraordinario como esta. Esa palabra no existe ni tiene un equivalente en español. En Alburquerque, como en toda la Raya, hubo siempre mucho contrabando. Y, entre otros productos, también había contrabando léxico. Era un gusto oír hablar a aquella gente en una graciosa mezcla babélica, donde a menudo el español ponía la letra y el portugués la música. Pues bien, jeito es una palabra tomada del portugués, de «jeitu», que significa «disposición, actitud, gesto, modo, manera, con que se hacen las cosas». Esa palabra es una construcción semántica maravillosa, comparable a una catedral. Es el resultado de muchos siglos de vida, de civilización, de refinamiento moral y cultural. De la misma raíz proviene el gallego xeitoso, «gracioso», «gentil». Hacer las cosas con jeito es, por consiguiente, hacer las cosas bien, con gracia, con gentileza, con cuidado y esmero, y no tanto por un interés inmediato sino porque sí, por el gusto de hacerlas bien, por el orgullo del trabajo bien hecho, por la satisfacción de poner lo mejor de uno mismo en lo mínimo que se haga, como dice Pessoa.
¿No habéis visto en el campo esas paredes de piedra seca construidas por gente anónima muchos años atrás? Yo vi levantar algunas en mi infancia y recuerdo el cuidado con que el artesano, casi orfebre, elegía y encajaba las piezas. Cualquier pared medianamente sólida habría servido para cercar una tierra. Pero no: había que hacer las cosas con arte, con finura, con jeito. Ese era el añadido que confería brillo al instante, que hacía único e irremplazable al artífice. Con jeito se tejían los pobres sus humildes capotes de juncos para protegerse de la lluvia (y que tenían un empaque de capas pluviales en día de gran liturgia), o los garlitos para pescar en los regatos, cuyo diseño y p***a parecían más hechos para atrapar tritones y sirenas que no los insignificantes bordayos y colmillejas que se estilaban por allí. Eso es el jeito. El niño, que juega en soledad y se esmera en lo suyo, sin necesidad de ser mirado ni admirado, nos resulta jeitoso. Y también lo es Sócrates, y con qué profunda levedad, cuando aprende a tocar un aire de flauta en su última noche de condenado a muerte. «¿Por qué, maestro, si vas a morir en breve?» «Por el gusto de saber algo más antes de morir», fue la respuesta de Sócrates. De niños nos decían que había que hacer las cosas siempre bien porque Dios nos estaba observando y juzgando en cada instante. Pero a los que no somos creyentes nos debería bastar con el valor que de por sí tienen las cosas bien hechas para hacerlas por eso mismo lo mejor que sepamos. Óscar Tusquets analiza obras arquitectónicas antiguas donde hay detalles magníficos en emplazamientos recónditos, que escapan a la mirada del curioso. ¿Para qué se hicieron entonces, y por qué tanto afán en algo que nadie lo va a ver? Y aquellos artistas y artesanos decían: «Dios lo ve». Sí, es un placer trabajar con jeito, hacer las cosas lo mejor posible, aunque solo sea por ese anhelo de perfección que late en lo más profundo del alma. Pero es que, además, como es fácil deducir, en esa palabra hay todo un programa político y moral.
Quizá algunos de vosotros esperaban que viniese aquí a hablar del tren, de ese dichoso tren que nunca acaba de llegar a estas tierras. Pues sí, de eso precisamente voy a hablar. Porque, es oír hablar del tren, y a mí se me revuelven las entrañas, me da un sofocón, se me caen los palos del sombrajo. Una pregunta: ¿os imagináis que la mayoría de nuestros políticos (los de hoy, los de ayer, los de siempre) fuesen jeitosos? No hace falta decir que, si algo así fuese posible, ya hace tiempo que habría un tren digno para Extremadura. No hablo de un AVE: solo digo un tren digno. Pero no: Extremadura sigue estando muy lejos, es el Lejano Oeste, y esa lejanía es en verdad un oprobio, una humillación y una burla. Una más entre tantas que hemos sufrido en nuestra historia. Así que, a cuantos políticos y mandamases les corresponda responsabilidad en este desafuero y esta afrenta, les digo: Queridos políticos, iréis de cabeza al in****no. Pero no por haber sido perezosos, bebedores o puteros o codiciosos o serviles o cobardes o descreídos. No, eso Dios lo perdona. Iréis al in****no por no haber traído a Extremadura el tren que Extremadura se merece. Ese pecado sí es imperdonable, porque detrás de él está la persistencia en el pecado durante muchos años, y está la deslealtad, el desprecio, la injusticia, la arrogancia, la ineptitud… y por supuesto la absoluta y lamentable falta de jeito. Queridos políticos, en confianza y cordialmente: sois unos canallas»