19/09/2026
La atmósfera del Teatro Benjamín Carrión aquella noche se sentía diferente. Quizás era porque decidí observar la obra desde los palcos, o quizás porque estar ahí me permitió mirar el teatro desde otra perspectiva: como un lugar de encuentro donde confluyen personas dispuestas a abrir el corazón a lo que el arte tenga para susurrarles.
Me dio gusto ver a amigos actores, bailarines, actrices, productores, personas de la tercera edad, madres, hijos, hermanas, amigos e incluso una comunidad de religiosas, a quienes vi por primera vez acudir al teatro llenas de emoción y expectativa. Esa emoción me contagió y me enterneció.
Les Sylphides es una propuesta que une la magia de la música sinfónica con la expresividad de la danza para rescatar la esencia femenina desde una mirada contemporánea que evoca fuerza, belleza y conexión con la naturaleza y con nuestro mundo interior.
La obra inició presentándonos tres solos masculinos de maravillosos bailarines que hicieron suyo el escenario con cada movimiento, transmitiendo fuerza, precisión y pasión. Al verlos, solo podía seguir cada movimiento y sentir la emoción de quien sostiene un solo en la mitad del escenario con una técnica impecable. Verlos desconectarse del mundo por unos instantes para entregarnos lo mejor de su mundo fue muy inspirador.
A continuación, tuvimos sobre el escenario al maravilloso elenco de bailarinas, quienes transmitieron belleza y feminidad, mezcladas con fuerza y libertad. Una combinación que atrapó la mirada de la audiencia con una sincronía excepcional sobre el escenario. Verlas marcar toda la coreografía desde el palco me hizo pensar en las horas de ensayo que seguramente tuvieron que pasar para llegar a esa perfecta sincronía de movimientos que, al unísono de las melodías musicales, nos devolvían la ilusión de contemplar la vida con belleza y bondad.
Inspirada en el lirismo y la delicadeza del ballet romántico, la obra refleja la resiliencia, intuición y fortaleza de la mujer moderna. Con una propuesta de vestuario y peinado bastante interesante, compuesta por un corpiño y tutú que, junto a la cabellera suelta, irradiaba elegancia e irreverencia femenina, propia de la mujer actual.
Me hace feliz ver que las primeras infancias que tuvieron la oportunidad de presenciar esta obra encuentran en el arte la oportunidad de crecer sin estereotipos y de hacerlo sabiendo que esa misma belleza e irreverencia está bien y puede ser experimentada por ellas en un género tan poderoso como la danza.
Una mención especial se lleva la Orquesta Sinfónica de Loja, cuyos músicos, inspirados en las composiciones de Frédéric Chopin, Camille Saint-Saëns y Claude Debussy, fueron los encargados marcar el rumbo de la velada, a través de melodías que nos transportaron a nuevos mundos, nos regalaron calma y nos interpelaron como quien vuelve en el tiempo para detenerse en lo que realmente importa.
La unión de dos mundos: música y danza para contar una historia fue posible gracias a esta maravillosa propuesta, bajo la dirección artística de Carolina Napoleoni y la batuta del maestro William Vergara, director invitado, junto a la participación de la Compañía de Danza de la Universidad de Cuenca.
Juntos nos entregaron un lugar para escaparnos del mundo, un espacio para inspirarnos en la belleza irreverente y para mirar con esperanza esos futuros en los que es posible habitar en la libertad del ser.
Hay personas que nacen para hacer las cosas por amor al arte y hay otras que nacen para hacerle el amor al arte. Este elenco fue uno de ellos.
Por: Milenny Soto.