18/09/2026
Roberto “Pacha” Cora
Yo nací en El Churrasco, en 1951, en 118 y 521. La escuela la hice en la 124, cuando era de madera y estaba en 118 y 522. También fui a la escuela de la Medalla Milagrosa, que está en 118 y 523; ahora solo tiene jardín, pero antes, cuando estaba el Padre Callejas, tenía escuela primaria también.
Mi infancia fue muy sana y muy inocente, escuchaba las novelas por la radio, estaba la novela de las 12, las 4, las 7, me gustaba escucharlas porque me hacía volar la imaginación por la manera en que las narraban. Me acuerdo de “Juan Moreira” y “Caballo Pampa”, estaban Héctor Bate y Omar Aladio, que eran los artistas, quienes venían a los teatros y mi abuela iba a verlos. Después fue cambiando todo porque vino la televisión.
Mi abuelo, Juan Damián Cora, era de Pila, era comisario de la policía, mi abuela se llamaba Juana Ludueña y era mapuche; cuando la iba a visitar me llamaba “Aguitas Kia”, nunca le pregunté porque me llamaba así. No sé por qué me llamaba así. Era mucho mayor que mi abuelo, nunca supimos la edad que tenía. Mi abuelo Juan falleció a los 77 años y mi abuela murió cuando yo tenía veintipico de años. Ellos fueron los primeros que llegaron al barrio y vivieron sobre 520.
Mi abuela materna se llamaba María Lezcano y mi abuelo materno se llamaba Juan Granea. Se separaron pronto, yo los conocí separados, y mi abuela materna se juntó con el hermano mayor de mi papá, Alberto Cora, que era mi padrino.
Mi papá prácticamente se crió sólo, tuvo una desgracia de pibe, se quebró la cadera a los 12 años al caerse de un caballo. Estuvo internado en el Hospital de Niños hasta los 16 años. Después de la fractura de cadera le agarró la fiebre tifoidea. Lo querían mucho en el Hospital, lo querían las monjas, así que le permitieron estar hasta las 16, cuando la edad tope son los 15. En el Hospital aprendió a rezar en latín. Cuando salió se fue a vivir solo. Quedó con una pierna más corta que la otra.
Se dedicó a trabajar en los restoranes, de mozo mostrador, trabajó en la confitería Cabildo, en la Querencia; vivía en una pensión, en una pieza con Pepitito Marrone, en la zona de la estación, era el tiempo en que Marrone actuaba con el nombre “Rulito”, su compañera de entonces era “La Gorda”, también actriz, así que formaban el dúo: “Rulito y la Gorda”.
A los 22 años se casó con mi mamá, María Elena Granea y volvió al barrio. Era re-peronista, era de Los Descamisados; le escribió una carta a Evita, en 1951, diciéndole el problema que tenía en la pierna y Evita le contestó mandándole dos nombramientos, uno en YPF y otro en Entel, para que eligiera. El eligió Entel donde trabajó hasta que se jubiló.
Mi viejo nació peronista e hincha de River. El único de River de toda la familia. Fue concejal electo con Framini, cuando Framini ganó la gobernación y no se la entregaron. Conocía a mucha gente pero nunca se dedicó de lleno la política. No sufrió persecuciones pero seguramente siempre estuvo marcado.
Todos los Cora nacieron en el barrio, con las calles de tierra, calles con un foco cada dos cuadras, con una bomba de agua cada tanto; vivíamos todos cerca, nosotros vivíamos adelante, atrás vivía mi abuela con mi padrino, al lado vivía Vera, al lado vivía Nievas; éramos todos amigos, estaban los Ramallo, los Reinaldi, los Mujica, los Rodríguez, los Peralta, los Estrela, los Cognetti (los almaceneros del barrio), los Pedernera (los soderos); todos nos metíamos en la casa de todos como si fuera la casa propia, no tenías que llamar, entrabas y decías “hola”.
En la casa de los Pedernera se hacían las fiestas de fin de año, a la que iba todo el barrio, empezaba las 10 de la noche y terminaban al otro día a las 10 de la mañana. Los grandes bailaban en medio de la calle mientras nosotros jugábamos a la pelota. Al mediodía siguiente se alquilaba un camión o un micro y nos íbamos, todos juntos, a Punta Lara o a la Balandra. Cuando jugábamos al carnaval también jugaba todo el barrio.
Mi papá antes de volverse al Churrasco, vivió un corto tiempo en Ringuelet, donde fundó un Club que se llamaba La Nueva Argentina, al que no conocí; estaba en 1 y 516.
Cuando volvió al El Churrasco fundó, en 1955, el Club Roca, que consistía en un bar, una cancha de bocha y una cancha de futbol. Duró hasta 1958, año en que se lo sacaron y se lo llevaron a dos cuadras.
Alberto Canal, que tenía caballos, había pedido que le llevaran el club para su lado, con la promesa de hacer todas las instalaciones de material, empezaron con un furor bárbaro que se terminó ahí nomás: quedaron las paredes a medio hacer y no se siguió.
Mi viejo les dijo: “Está bien, llévenselo, yo fundo otro”. Al otro día que le sacaron El Roca, fundó el Club Argentino, en el mismo lugar, 118 y 520.
En el acto de fundación estaban mi abuela, Juana Ludueña, mi otra abuela, Maria Lezcano, mi tío, Zenón Diz, mi otro tío, Saúl Cora, el amigo Miguel Very, mi papá, Roberto Cora, mi mamá, María Elena Granea y algún otro más que no me acuerdo.
Era un ranchito chiquito, precario, todo de madera; la cancha de bochas no era de madera sino de alambres a los costados, bien tirantes. Lo primero que hizo mi viejo fue el mástil de material para izar la bandera; para el 20 de junio ya a las 10 de la mañana levantaba la bandera y hacía chocolate. Las Fiestas Patrias para mi viejo eran sagradas.
Mi viejo salía por el barrio, con todos sus amigos, y le iba pidiendo al almacenero, al kioskero, al lechero (que era Luis Palencia que tenía tambo) y así juntaban comida para hacer los juegos de las fiestas: carrera de embolsados, carreras de parejas que tenían atadas una pierna, carreras de disfraces que consistían en correr hasta unas bolsas donde al azar encontraban disfraces que se tenían que poner y provocaban la risa de los espectadores, carreras de sortijas con caballos, que consistían en una sortija que estaba colgada en alto y los participantes, montando caballos a la carrera, tenían que engancharla con un pi**he; carreras de huevos que consistían en correr con una cuchara sosteniendo un huevo. Una vez, una vecina, Teresita Castro, que todavía vive, ganó haciendo trampa, se había puesto en la cuchara un huevo duro que si se caía no se rompía.
El Club se abría las 6 de la tarde, y para los vecinos era sagrado ir todos los días después de trabajar; se juntaban como mínimo 50 personas. El Club se cerraba a las 12 de la noche. Mi papá era muy amigo del Comisario de la Sexta, Gentile, los oficiales hacían el equipo de todos los oficiales de policía y jugaban contra nosotros: estaba el oficial Vallejos, Castillo, Bula; que eran oficiales jovencitos que jugaban con nosotros, eran los mismo que a la noche hacían la ronda por el barrio.
Mi viejo cocinaba muy bien, hacía buseca, a la que le echaba de todo: mondongo, porotos, garbanzos, lentejas, chorizo colorado, panceta, cuero de chancho, todo cortadito; le salía riquísimo pero mientras lo comías transpirabas como tapa de olla; cocinaba para el equipo cuando volvía de los partidos y servía la buseca en una mesa larga que ponía en la cancha de bochas.
Para los bailes traía orquestas, me acuerdo de La Marilán, de Coco Mer (era Coco Bellone y los músicos eran los de la banda de policía), venia el Viejo Calapresti que tocaba tangos con el bandoneón; los sábados siempre hacía guitarreada, venian guitarristas como Faustino, Lorea, Jesús Rodriguez, Miguelo, Juan Bellone.
Mi viejo hacía todo esto sin lucrar, sin ganar nada, pero como quería tener un equipo de futbol tuvo que sacar personaría jurídica, presentando 35 socios, que aportaban una pequeña cuota. Hizo el equipo de fútbol, entró en la Liga, ahora es la Liga Amateur Platense, antes se llamaba Liga Independiente de Fútbol Circunvalación.
El equipo jugó en la Liga y salió campeón de la B, en 1989, en el debut, ganamos en la cancha Curuzú Cuatiá a For Ever, del barrio el Mondongo (el barrio de Favaloro), ganamos por penales la final, 5 a 4, ellos erraron uno y nosotros los metimos todos.
Hicimos una fiesta bárbara. Tuvimos que alquilar cinco micros para llevar a la gente al partido. Al año siguiente entramos en la A, llegamos a la final pero perdimos con Tolosanos en la cancha de Estudiantes. Cuando jugaba El Argentino no quedaba nadie en el barrio, quedaba al barrio vacío.
El Club Argentino duró hasta 1991 (un año después de que murió papá) cuando se empezó a exigir a los clubes hacer todo nuevo, con material, exigían secretaría, baño de mujeres, baño de varones, todo azulejado, cielo raso de yeso; todos los clubes de acá lo tuvieron que hacer pero nosotros no estábamos en condiciones de hacerlo. Por eso hubo que cerrarlo.
Mi viejo era el que manejaba el Club, tenía mucho carisma, la gente lo seguía muchísimo, pero yo, faltando él, lo tuve que cerrar; consideré que el Club lo fundó mi viejo, por el Club se sacrificó mi viejo y el Club murió con él. Fui, lo di de baja y dejé un escrito pidiendo se no se vuelva a usar su nombre. Mi viejo falleció el 14 de febrero de 1990, la fecha de cumpleaños de su madre.
Hoy El Churrasco esta todo asfaltado, con luces, no hay ningún ranchito, todas son casa de material, y muchas de dos pisos, que habitan los hijos de los que vivían en el ranchito y que no se fueron; en El Churrasco somos todos familia, no se fue nadie, nosotros nos quedamos todos, de lo que nacimos aquí no se fue ninguno. Están todos, están porque quieren el lugar, yo tuve mis cuatro abuelos en el barrio, ahora tengo mis todos mis hijos viviendo aquí, cerquita mío.