01/09/2026
El titanio, a lo largo del siglo XX, comenzó a aplicarse en diferentes artes plásticas y en arquitectura. Un ejemplo de ello es el museo de arte contemporáneo Guggenheim, emplazado en Bilbao, España, inaugurado en 1997, diseñado por Frank Gehry, arquitecto canadiense. Quien pensó en recubrir externamente con láminas de titanio este edificio semejante a un gigantesco barco metálico. Este elemento químico ya se venía usando desde los años 70, pero en pequeñas superficies u objetos, por lo cual su uso en esta construcción tan singular y de dimensiones colosales era un desafío arquitectónico. Uno de los inconvenientes era su elevado costo, pero tenía grandes ventajas respecto de otros materiales, como su elevada resistencia mecánica, su baja corrosión por la capa de óxido que lo cubre y una estética insuperable en la que el color varía en función de las condiciones ambientales. Este cambio de color que ocurre al incidir la luz sobre la superficie se debe a la capa de óxido que se forma sobre ella. Cuando la luz incide, se dispersa y se generan interferencias que varían con el grosor de la superficie, observándose ciertas longitudes de onda, es decir, ciertos colores. Para lograr diferentes colores, se debe alterar el grosor de la capa de óxido mediante la anodización, un proceso en el cual, de acuerdo al voltaje aplicado sobre el titanio, se provocan reacciones de oxidación-reducción y se logra una capa más o menos delgada.
De esta manera el museo se puede ver al atardecer con colores que van del gris al naranja, con resplandecientes dorados. Los días soleados parece plateado, un efecto que se realza por su estructura de acero y cristal. En tanto los días nublados o lluviosos, la superficie absorbe y difumina la luz, reflejando el cielo gris o haciendo que el edificio parezca irradiar luz propia.
Este recurso fue luego aplicado en otras construcciones, entre ellas el Museo de la Ciencia en Glasgow, Escocia, el Gran Teatro Nacional de Pekín y la Biblioteca Cerritos Millenium de California, entre otros.