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29/09/2026

LA HIERBA MORTAL
Agatha Christie

Ahora usted, señora B -dijo don Henry Clithering. La señora Bantry, su anfitriona, lo miró con aire de reproche.

-Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame señora B. Es una falta de respeto.

-Scherezade, entonces…

-¡Y menos aún Sch… cómo se llame! Nunca fui capaz de contar una historia con propiedad. Pregúntele a Arthur si no me cree.

-Eres bastante buena relatando los hechos, Dolly -exclamó el coronel Bantry-, pero no sabes adornarlos.

-Eso es -respondió la señora Bantry, hojeando el catálogo de bulbos que tenía ante ella-. Les he estado escuchando a todos y no sé cómo lo hacen. “Él dijo, ella dijo, yo me pregunté, ellos pensaron, todos supieron…” Bueno, pues ¡yo no sé! Y además no tengo ninguna historia interesante que contar.

-No podemos creerlo, señora Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises cabellos con incredulidad.

La anciana señorita Marple dijo con su dulce voz:

-Seguramente, querida…

La señora Bantry continuó insistiendo obstinadamente.

-Ustedes no saben lo monótona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la ciudad de compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el jardín…

-¡Ah! -dijo el doctor Lloyd-. El jardín. Ya sabemos todos dónde tiene usted puesto su corazón, señora Bantry.

-Debe de ser muy bonito tener un jardín -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es decir, cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!

-El jardín -exclamó don Henry-. ¿No podríamos tomarlo como punto de partida? Vamos, señora. ¡El bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!

-Es curioso que haya dicho eso -observó la señora Bantry-. Acabo de recordar una cosa. Arthur, ¿te acuerdas de aquel caso que se presentó ante el juzgado de Clodderham? Ya sabes. El del viejo don Ambrose Bercy. ¿Recuerdas que lo considerábamos un anciano cortés y encantador?

-Vaya, pues es verdad. Sí, fue un caso extraño. Adelante, Dolly.

-Sería mejor que lo contaras tú, querido.

-Tonterías, adelante. Eres muy capaz de dirigir tu propio barco. Yo ya he cumplido con mi parte.

La señora Bantry inhaló profundamente y, entrelazando las manos y con rostro angustiado, empezó a hablar muy deprisa.

-Bueno, en realidad no hay mucho que contar. La hierba mortal es lo que me lo ha hecho recordar, aunque yo lo llamo salvia y dedalera.

-¿Salvia y dedalera? -preguntó el doctor Lloyd.

La señora Bantry asintió.

-Así es como sucedió. Arthur y yo estábamos en casa de don Ambrose Bercy, en Clodderham Court, y un día, por error (un error que siempre consideré muy estúpido), cogieron un montón de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno con salvia y todos se sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de don Ambrose, murió.

Se detuvo.

-Vaya, vaya -dijo la señorita Marple-, qué tragedia.

-¿Verdad?

-Bien -replicó don Henry-, ¿y qué pasó luego?

-Pues nada más -contestó la señora Bantry-, eso es todo.

Todos se quedaron sorprendidos. Aunque ya habían sido advertidos, no esperaban una brevedad semejante.

-Pero, mi querida señora -insistió don Henry-, tiene que haber algo más. Lo que usted acaba de contarnos es un caso trágico, pero no tiene nada de problema.

-Bueno, claro que hay algo más -dijo la señora Bantry-. Pero si se lo dijera, ya sabrían de qué se trata.

Y mirando desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:

-Ya les dije que yo no sabía adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.

-¡Aja! -exclamó don Henry ajustándose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso su modo de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a propósito para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas. Señorita Marple, ¿quiere usted empezar?

-Me gustaría saber algo de la cocinera -dijo la señorita Marple-. Debía de ser una mujer muy tonta o muy inexperta.

-Era muy tonta -replicó la señora Bantry-. Después se lamentaba un montón y decía que le habían llevado las hojas como si fueran de salvia, ¿y cómo iba ella a saber que no lo eran?

-Cualquiera lo hubiera visto -dijo la señorita Marple.

-¿Probablemente era una mujer mayor y buena cocinera?

-Excelente -contestó la señora Bantry.

-Ahora le toca a usted, señorita Helier -dijo don Henry.

-¡Oh! ¿Se refiere a que me toca preguntar? -hubo una pausa mientras Jane reflexionaba y al fin dijo-: La verdad es que no sé qué preguntar.

Sus hermosos ojos miraron suplicantes a don Henry.

-¿Por qué no pregunta por los personajes del drama? -le sugirió con una sonrisa.

Jane seguía mirándolo desorientada.

-Que haga la presentación de los personajes por orden de aparición -continuó don Henry en tono amable.

-¡Ah, sí! -exclamó Jane-. Es una buena idea.

La señora Bantry empezó a contarlos con los dedos.

-Don Ambrose, Sylvia Keene (la joven que murió), una amiga suya que pasaba unos días allí llamada Maud Wye, una de esas muchachas morenas y feas que no sé cómo se las arreglan para resultar atractivas, nunca he sabido cómo lo consiguen. Luego un tal señor Curie, que había ido a discutir acerca de algunos libros con don Ambrose, libros raros con títulos en latín, todos ellos mohosos pergaminos. Jerry Lorimer, una especie de vecino. Su finca, Firlies, lindaba con la de don Ambrose. Y una tal señora Carpenter, una de esas gatas de mediana edad que siempre se las arreglan para instalarse cómodamente en cualquier parte. Supongo que en cierto modo hacía de dame de compagnie de Sylvia.

-Ahora me toca a mí -dijo don Henry-, puesto que estoy sentado junto a la señorita Helier. Y quiero saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripción, señora Bantry, de todos los personajes.

-¡Oh! -la señora Bantry vacilaba.

-Empiece por don Ambrose -continuó don Henry-. ¿Qué tal era?

-¡Oh! Era un anciano de aspecto distinguido y en realidad no muy viejo, supongo que no tendría más de sesenta años. Pero estaba muy delicado, tenía el corazón muy débil y no podía subir la escalera. Tuvieron que ponerle ascensor y por eso parecía mayor de lo que era en realidad. De modales refinados… cortés, sí, creo que ésa es la palabra que mejor lo definiría. Nunca se enfadaba o se mostraba molesto. Tenía unos hermosos cabellos blancos y una voz particularmente agradable.

-Bien -dijo don Henry-. Ya conozco a don Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿Cómo dijo que se llamaba?

-Sylvia Keene. Era muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy inteligente, mejor dicho, bastante estúpida.

-¡Oh, vamos, Dolly! -protestó su esposo.

-Es natural que Arthur no piense así -dijo la señora Bantry en tono seco-. Pero era estúpida. En realidad nunca decía nada que valiera la pena escuchar.

-Era una de las criaturas más agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente encantadora. Y rebosaba simpatía. Era divertidísima y muy bonita. Apuesto a que todos los jóvenes pensaban así.

-Ahí es donde te equivocas -dijo la señora Bantry-. Las jóvenes así no tienen encanto para los muchachos de hoy en día. Sólo a los viejos chapados a la antigua como tú, Arthur, les gustan las chicas jóvenes.

-Ser joven no lo es todo -intervino Jane-. Hay que tener C.S.

-¿Qué es C.S.? -quiso saber exactamente la señorita Marple.

-Carisma sexual -replicó Jane.

-¡Ah, sí! -dijo la señorita Marple-. Lo que en mis tiempos se llamaba “encanto”.

-No es mala descripción -comentó don Henry-. Creo haber entendido que ha descrito usted a la dama de compañía como una gata, señora Bantry.

-No me refería a una gata, sino a algo muy distinto -exclamó la señora Bantry-. Adelaida Carpenter era una persona muy dulce.

-¿Qué edad tendría?

-¡Oh! Yo diría que unos cuarenta años. Llevaba algún tiempo en la casa, creo que desde que Sylvia tenía once años. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan en una situación económica delicada, con muchos parientes aristócratas, pero sin dinero. A mí no me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de manos blancas y largas, ni tampoco los gatos.

-¿Y el señor Curie?

-¡Oh! Era uno de esos ancianos encorvados. Hay tantos como él, que apenas se distinguen unos de otros. Demostraba gran entusiasmo cuando se hablaba de sus librejos, pero ninguno por otras cosas. No creo que don Ambrose lo conociera muy bien.

-¿Y Jerry, el vecino?

-Era un muchacho realmente encantador y estaba prometido a Sylvia. Por eso fue tan triste.

-Quisiera saber… -empezó a decir la señorita Marple, y luego se calló.

-¿Qué?

-Nada, querida.

Don Henry contempló a la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:

-De modo que esa joven pareja estaba prometida. ¿Hacía mucho tiempo que eran novios?

-Cosa de un año. Don Ambrose se había opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era demasiado joven. Pero tras un año de relaciones se prometieron y la boda debía haberse celebrado muy pronto.

-¡Ah! ¿Tenía alguna propiedad esa joven?

-Casi nada, sólo unas cien o doscientas libras al año.

-Ahí no hay gato encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.

-Ahora le toca preguntar al doctor -dijo don Henry-. Yo me reservo por ahora.

-Mi curiosidad es principalmente profesional -dijo el doctor Lloyd-. Quisiera saber el informe médico que se presentó en la encuesta oficial, es decir, si nuestra anfitriona lo recuerda o lo sabe.

-Creo que lo recuerdo, más o menos -replicó la señora Bantry-. Dijeron que la muerte fue debida a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?

El doctor Lloyd asintió.

-El principio activo de la dedalera, la digitalina, actúa sobre el corazón. Por cierto, que es una droga muy valiosa para ciertas afecciones cardíacas. Es un caso muy curioso. Nunca hubiera pensado que tomar una infusión de hojas de dedalera pudiera resultar fatal. Se han exagerado mucho los daños producidos por comer hojas venenosas y bayas. Muy pocas personas comprenden que el principio vital o alcaloide ha de ser extraído con mucho cuidado y elaboración.

-La señora McArthur envió el otro día unos bulbos especiales a la señora Toomie -explicó la señorita Marple-. La cocinera los tomó por cebollas y, al comerlos, toda la familia se puso enferma.

-Pero no murió nadie -dijo convencido el doctor Lloyd

-No, no se murió nadie -admitió la señorita Marple.

-Una amiga mía murió envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.

-Debemos continuar con nuestro crimen -intervino don Henry.

-¿Crimen? -exclamó Jane sobresaltada-. Creía que se trataba de un accidente.

-Si fuera un accidente -respondió don Henry en tono amable-, no creo que la señora Bantry nos hubiera contado esta historia. No, por lo que deduzco, fue accidente sólo en apariencia, detrás se escondía algo más siniestro. Recuerdo un caso: varios invitados a una fiesta charlaban después de cenar. Las paredes estaban adornadas con toda clase de armas antiguas. Bromeando, uno de los reunidos cogió una vieja pi***la y apuntó a otro simulando disparar. La pi***la estaba cargada, se disparó y mató al otro hombre. Tuvimos que averiguar primero quién había preparado secretamente la pi***la y, segundo, quién había dirigido la conversación para obtener el resultado final, pues el hombre que había disparado el arma era completamente inocente.

“Me parece que en este caso se nos presenta el mismo problema. Esas hojas de dedalera fueron mezcladas deliberadamente con las de salvia sabiendo cuál sería el resultado. Puesto que descartamos a la cocinera… la descartamos, ¿verdad…?, la pregunta es: ‘¿Quién cogió las hojas y las llevó a la cocina?’.”

-Eso es fácil de responder -dijo la señora Bantry-. Por lo menos la última parte de la pregunta. Fue la propia Sylvia quien las llevó a la cocina. Formaba parte de sus ocupaciones diarias recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de zanahorias, todas esas cosas que los jardineros nunca escogen bien. No les gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran demasiado. Sylvia y la señora Carpenter solían ir a buscarlas ellas mismas, y había una mata de dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocación era bastante natural.

-Pero ¿las cogió la propia Sylvia?

-Eso nadie lo sabe, se dio por supuesto.

-Las suposiciones son siempre muy peligrosas -comentó don Henry.

-Pero sé que no fue la señora Carpenter -replicó la señora Bantry-, porque dio la casualidad de que estuvo toda la mañana paseando conmigo por la terraza. Salimos después de desayunar. Hacía un día extraordinariamente cálido y espléndido para estar tan a principios de primavera. Sylvia bajó sola al jardín, pero más tarde la vi paseando del brazo de Maud Wye.

-De modo que eran grandes amigas, ¿verdad? -preguntó la señorita Marple.

-Sí -contestó la señora Bantry y pareció querer añadir algo más, pero no lo hizo.

-¿Llevaba muchos días en la casa? -quiso saber la señorita Marple.

-Unos quince días -dijo la señora Bantry con voz preocupada.

-¿No le gustaba la señorita Wye? -insinuó don Henry.

-Sí, eso es lo malo, que sí.

La preocupación de su voz se trocó en disgusto.

-Usted nos oculta algo, señora Bantry -dijo don Henry en tono acusador.

-Sí, hace un momento también yo he querido preguntarle algo -dijo la señorita Marple-, pero he preferido callar.

-¿El qué?

-Cuando usted dijo que esa joven pareja se había prometido y que por eso resultaba tan triste. Su voz no me sonó del todo convencida cuando lo dijo, no sé si me comprende.

-Qué temible es usted -replicó la señora Bantry-. Parece que siempre sabe las cosas. Sí, pensaba en algo, pero en realidad no sé si debo decirlo o no.

-Tiene que decirlo, déjese de escrúpulos de una vez -intervino don Henry.

-Bien, pues era sólo esto -continuó la señora Bantry-. Una noche, precisamente la anterior a la tragedia, salí a la terraza antes de cenar. La ventana del salón estaba abierta y por casualidad vi a Jerry Lorimer y a Maud Wye. Él… bueno, la estaba besando. Claro que yo ignoraba si se trataba de un flirteo sin importancia, o si… bueno, quiero decir que nunca se sabe. Yo sabía que a don Ambrose nunca le había gustado Jerry Lorimer, tal vez porque sabía que era de ese estilo. Pero de una cosa estoy segura: esa chica, Maud Wye, estaba realmente interesada por él. Sólo había que ver cómo lo miraba cuando no se creía observada. Y, además, hacían mejor pareja que él y Sylvia.

-Voy a hacerle rápidamente una pregunta antes de que se me adelante la señorita Marple -dijo don Henry-. Quiero saber si, después de la tragedia, Jerry Lorimer se casó con Maud Wye.

-Sí -dijo la señora Bantry-, seis meses después.

-¡Oh! Scherezade, Scherezade -dijo don Henry-. ¡Y pensar en cómo nos presentó su historia al principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos encontrando ahora en ellos.

-No hable usted así, no sea tan macabro -dijo la señora Bantry-. Y no emplee la palabra carne. Los vegetarianos siempre lo hacen. Dicen “yo nunca como carne” de un modo que le quitan a uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. El señor Curie era vegetariano y solía desayunar una especie de mejunje parecido al salvado. Los ancianos encorvados que llevan barba suelen tener muchas manías y llevan ropa interior muy particular.

-¿Qué sabes tú de la ropa interior que llevaba el señor Curie? -preguntó su marido.

-Nada -replicó la señora Bantry muy digna-. Sólo lo imagino.

-Voy a rectificar mi declaración -dijo don Henry-. Debo reconocer que los personajes de este drama son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, señorita Marple?

-La naturaleza humana es siempre interesante, don Henry. Y es curioso ver cómo cierto tipo de personas tiende a actuar siempre del mismo modo.

-Dos mujeres y un hombre -dijo don Henry-. El eterno triángulo. ¿Es ésa la base de nuestro problema? Yo creo que sí.

El doctor Lloyd se aclaró la garganta.

-He estado pensando -empezó con bastante dificultad-. ¿Dice usted, señora Bantry, que usted también se sintió indispuesta?

-¡Por supuesto! ¡Y Arthur! ¡Y todos!

-Eso es, todos -dijo el médico-. ¿Comprenden lo que quiero decir? En la historia que don Henry acaba de contarnos, un hombre disparó contra otro, pero no contra todos los que se encontraban reunidos en la habitación.

-No comprendo -replicó Jane-. ¿Quién disparó contra quién?

-Lo que quiero decir es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy particular. O bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente a ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.

-Ya veo por dónde va -dijo don Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en esto.

-¿Y no pudo haberse envenenado él también? -preguntó Jane.

-¿Faltó alguien a la mesa aquella noche? -quiso saber la señorita Marple.

La señora Bantry meneó la cabeza.

-Excepto el señor Lorimer, supongo, querida. Él no vivía en la casa, ¿no es cierto?

-No, pero aquella noche cenaba con nosotros -respondió la señora Bantry.

-¡Oh! -exclamó la señorita Marple-. Eso cambia mucho las cosas.

Y agregó frunciendo el entrecejo y como para sus adentros:

-He sido una tonta.

-Confieso que sus palabras me han desconcertado, Lloyd -dijo don Henry-. ¿Cómo asegurarse de que la muchacha y sólo ella tomase la dosis fatal?

-No era posible -replicó el doctor-. Eso nos plantea otra cuestión. Supongamos que la joven no fuera la víctima pretendida.

-¿Qué?

-En todos los casos de envenenamiento por vía oral el resultado es muy incierto. Varias personas se sirven del mismo plato, ¿y qué ocurre? Una o dos enferman ligeramente, otras dos, digamos, de gravedad, y otra fallece. Así es como ocurre siempre, no es posible tener plena seguridad. Pero hay casos en los que puede intervenir otro factor. La digitalina es una droga que afecta directamente al corazón, y como les he dicho se receta en ciertos casos. Ahora bien, en la casa había una persona que sufría del corazón. Supongamos que fuese la víctima escogida. Lo que no sería fatal para el resto, lo iba a ser para él, o eso es lo que pudo suponer el asesino. Que todo resultara distinto es sólo una prueba de lo que acabo de decirles: la incertidumbre y relatividad de los efectos de las dr**as en los seres humanos.

-¿Cree usted que la víctima tenía que haber sido don Ambrose? -preguntó don Henry.

-Sí, sí, y la muerte de la joven fue un error.

-¿Quién heredó su dinero después de su muerte? -preguntó Jane.

-Una pregunta muy sensata, señorita Helier. Una de las primeras que hacía siempre en mi antigua profesión -dijo don Henry.

-Don Ambrose tenía un hijo -replicó lentamente la señora Bantry-. Se había peleado con él durante muchos años anteriormente. Creo que era muy rebelde. No obstante, no estaba en manos de don Ambrose poder desheredarlo ya que Clodderham Court pasaba de padres a hijos. Martin Bercy heredó el título y la hacienda. Sin embargo, don Ambrose tenía bastantes propiedades más que podía dejar a quien quisiera y que dejó a su pupila Sylvia. Sé que don Ambrose falleció al cabo de medio año de haber sucedido lo que les estoy contando y no se tomó la molestia de hacer nuevo testamento después de la muerte de Sylvia. Creo que el dinero pasó a la Corona, o tal vez a su hijo como pariente más cercano, no lo recuerdo exactamente.

-De modo que los únicos que podían realmente beneficiarse de la muerte de don Ambrose eran un hijo que no estaba allí y la muchacha que falleció -resumió don Henry, pensativo-. No resulta muy prometedor.

-¿La otra mujer no heredó nada? -preguntó Jane-. Ésa que la señora Bantry califica de “gata”.

-En el testamento no constaba su nombre -dijo la señora Bantry.

-Señorita Marple, no nos escucha usted -le dijo don Henry-, parece estar muy lejos.

-Estaba pensando en el anciano señor Badger, el farmacéutico -contestó la aludida-. Tenía un ama de llaves muy joven, lo suficiente no sólo para ser su hija, sino para ser su nieta. No dijo una palabra a nadie, y su familia y un montón de sobrinos abrigaban la esperanza de heredarlo. Y cuando falleció, ¿quieren ustedes creerlo?, llevaba dos años casado con ella en secreto. Claro que el señor Badger era farmacéutico y también un hombre muy rudo y vulgar, y don Ambrose Bercy un caballero muy fino, según dice la señora Bantry, pero en conjunto la naturaleza humana es la misma en todas partes.

Hubo una pausa, durante la cual don Henry miró fijamente a la señorita Marple, quien no apartó sus ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompió el silencio con una pregunta.

-¿La señora Carpenter era bien parecida? -preguntó.

-Sí, pero sencilla, nada llamativa.

-Tenía una voz muy agradable -dijo el coronel Bantry.

-Ronroneante, así es como yo la llamo -intervino la señora Bantry-. ¡Ronroneante!

-A ti también van a llamarte “gata” cualquier día de estos, Dolly.

-Me gusta serlo en mi casa -replicó ella-. De todas formas, ya sabes que no me gustan mucho las mujeres. Sólo los hombres y las flores.

-Un gusto excelente -exclamó don Henry-. Especialmente por haber nombrado a los hombres en primer lugar.

-Eso fue por delicadeza -respondió la señora Bantry-. Bueno, ¿qué me dicen de mi problemita? Me parece que he jugado limpio, Arthur. ¿No crees que he jugado muy limpio?

-Sí, querida. Pero no creo que haya una investigación sobre la limpieza de la carrera por los comisarios del Jockey Club.

-Usted primero -dijo la señora Bantry señalando a don Henry.

-Tal vez me extienda excesivamente en mis deducciones, ya que no tengo ninguna seguridad en este caso. Primero consideremos a don Ambrose. No creo que empleara un método tan original para suicidarse, y por otro lado no ganaba nada con la muerte de su pupila. Descartado don Ambrose. Ahora el señor Curie. No tenía motivos para matar a la joven. De haber sido don Ambrose su presunta víctima, posiblemente hubiera robado un par de manuscritos raros que nadie hubiera echado de menos. Es una teoría muy cogida por los pelos y poco probable. De modo que considero que, a pesar de las sospechas de la señora Bantry en cuanto a su ropa interior, el señor Curie queda eliminado. La señorita Wye. ¿Motivos para matar a don Ambrose? Ninguno. ¿Motivos para matar a Sylvia? Poderosos. Ella quería al prometido de Sylvia con locura, según dice la señora Bantry. Aquella mañana estuvo en el jardín con Sylvia, de modo que tuvo oportunidad de coger las hojas. No, no podemos descartar a la señorita Wye así como así y tampoco al joven Lorimer. Existen motivos en ambos casos. Si se deshace de su novia puede casarse con la otra. No obstante, me parece excesivo asesinarla. ¿Qué significa hoy en día la ruptura de un compromiso? Si muere don Ambrose, se casará con una mujer rica en vez de con una pobre. Eso puede tener importancia o no, depende de su situación económica. Si descubro que sus propiedades estaban hipotecadas y la señora Bantry nos ha ocultado deliberadamente este detalle, no habrá sido juego limpio. Ahora la señora Carpenter. Sospecho de la señora Carpenter. Esas manos tan blancas y su magnífica coartada en el momento en que fueron cogidas las hojas. Siempre desconfío de las coartadas. Y tengo otra razón para sospechar de ella, que me reservo. No obstante, a grosso modo, si tuviera que acusar a alguien sería a la señorita Maud Wye ya que tenemos más pruebas contra ella que contra nadie.

-Ahora usted -dijo la señora Bantry señalando al doctor Lloyd.

-Creo que se equivoca usted, Clithering, al aferrarse a la teoría de que la muerte de la joven fuese intencionada. Estoy convencido de que el asesino intentaba deshacerse de don Ambrose. No creo que el joven Lorimer tuviera los conocimientos necesarios y me siento inclinado a creer que la culpa fue de la señora Carpenter. Llevaba mucho tiempo en la casa, conocía el estado de salud de don Ambrose y pudo disponer con facilidad que esa joven Sylvia (que usted misma dice que era bastante estúpida) cogiera las hojas adecuadas. Confieso que no veo qué motivos pudo tener, pero me aventuro a suponer que, en otro tiempo, don Ambrose hizo un testamento en que era mencionada. Es lo mejor que se me ocurre.

La señora Bantry pasó a señalar a Jane Helier.

-Yo no sé qué decir -dijo Jane-, excepto esto: ¿Por qué no pudo haberlo hecho la propia muchacha? Después de todo, ella llevó las hojas a la cocina. Y usted dice que don Ambrose se había opuesto al noviazgo. Al morir él, conseguiría el dinero para poder casarse en seguida. Debía conocer el estado de salud de don Ambrose tan bien como la señora Carpenter.

El índice de la señora Bantry señaló a la señorita Marple.

-Ahora usted, la profesora -le dijo.

-Don Henry lo ha expresado todo claramente, muy claramente -dijo la señorita Marple-. Y el doctor Lloyd también tuvo razón en lo que dijo. Entre los dos lo han dejado todo bien claro. Sólo que no creo que el doctor Lloyd haya comprendido lo que implica algo que él mismo ha dicho. Veamos, al no ser el médico habitual de don Ambrose, no podía saber exactamente qué clase de afección cardiaca padecía, ¿no les parece?

-No acabo de comprender lo que quiere usted decir, señorita Marple -dijo el doctor Lloyd.

-Usted supone que don Ambrose tenía un corazón al que le afectaría la digitalina, pero no hay nada que lo pruebe. Pudo ser todo lo contrario.

-¿Lo contrario?

-Sí, usted dijo que a menudo se receta digitalina para ciertas afecciones del corazón.

-Aunque así sea, señorita Marple, no veo adónde quiere usted ir a parar.

-Pues significaría que podía tener digitalina en su poder con toda naturalidad, sin dar explicaciones. Lo que trato de decir (siempre me expreso tan mal), es esto: Supongamos que usted deseara envenenar a alguien con una dosis mortal de digitalina. ¿No sería lo más sencillo y el medio más fácil procurar que todos sufrieran un envenenamiento producido por hojas de dedalera, que contienen digitalina? No sería fatal para ninguno de los otros, pero nadie se sorprendería de que hubiera una víctima ya que, como ha dicho el doctor Lloyd, estas cosas son muy imprecisas. Nadie se molestaría en averiguar si la joven había tomado ya previamente una dosis fatal de digitalina. Pudo ponérsela en un combinado, en el café o incluso hacérselo beber simplemente como un tónico.

-¿Quiere usted decir que don Ambrose envenenó a su pupila, la encantadora joven a la que tanto apreciaba?

-Exactamente -replicó la señorita Marple-. Igual que el señor Badge y su joven ama de llaves. No me digan que es absurdo que un hombre de sesenta años se enamore de una joven de veinte. Sucede cada día, y me atrevo a decir que un autócrata como don Ambrose pudo tomárselo muy a pecho. Esas cosas a veces se convierten en una obsesión. No podía soportar la idea de verla casada. Hizo cuanto pudo por evitarlo y fracasó. Sus celos crecieron de tal modo que prefirió matarla antes de dejar que se casara con el joven Lorimer. Debía haberlo planeado bastante antes, ya que las semillas de dedalera tuvieron que ser sembradas entre la salvia. Cuando llegó la ocasión, él mismo las cogió y envió a Sylvia con ellas a la cocina. Es horrible pensarlo, pero supongo que debemos juzgarle con toda la benevolencia que podamos. Los hombres de edad son algunas veces muy suyos en lo que se refiere a las chicas jovencitas. Nuestro último organista… pero no hablemos más de los escándalos.

-Señora Bantry -preguntó don Henry-. ¿Fue así?

La señora Bantry asintió.

-Sí, yo no tenía la menor idea, nunca pensé que pudiera tratarse de otra cosa más que de un accidente. Luego, después de la muerte de don Ambrose, recibí una carta. Había dejado instrucciones para que me fuera enviada y en ella me contaba la verdad. No sé por qué, pero él y yo siempre nos habíamos llevado muy bien.

Durante el momentáneo silencio percibió una crítica callada y se apresuró a agregar:

-Ustedes creen que estoy traicionando una confidencia, pero no es así. He cambiado todos los nombres. En realidad, no se llamaba don Ambrose Bercy. ¿No se dieron cuenta de la extrañeza con que me miró Arthur cuando dije el nombre por primera vez? Al principio no me entendía. Lo he cambiado todo. Como dicen en las revistas y al principio de las novelas: “Todos los personajes que aparecen en esta historia son puramente imaginarios”. Nunca sabrán ustedes quiénes fueron en realidad.

29/09/2026

UN SUEÑO
Leónidas Andréiev

Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.

-No sé qué pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de leso sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la realidad.

“No me había acostado. Permanecía de pie, paseando por mi celda con los ojos bien abiertos. Lo que soñé -si es que lo soñé- quedó grabado en mi memoria como si en efecto hubiese sucedido.

“Llevaba dos años encerrado en la cárcel de San Petersburgo por cuestiones políticas y, como estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos, una negra melancolía se iba apoderando de mi corazón. Todo me parecía mu**to. Ni siquiera me preocupaba en contar los días que iban transcurriendo.

“Leía muy poco y pasaba buena parte del día y de la noche paseando arriba y abajo de aquella celda que apenas medía tres metros. Andaba despacio, para no marearme, y recordaba muchas cosas… Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban borrando de mi memoria.

“Sólo una permanecía fresca y viva, a pesar de ser en aquel entonces la más lejana e inaccesible: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Lo único que sabía de ella era que no había sido detenida y, por ello, la suponía sana y salva.

“En aquel triste atardecer de otoño su recuerdo llenaba mi pensamiento. En mi lento caminar sobre el suelo asfaltado de la celda, en medio de aquel tétrico silencio, veía deslizarse a derecha e izquierda, desnudos y monótonos, los muros… De pronto, me pareció que yo permanecía inmóvil y eran los muros los que se deslizaban.

“¿Estaba en efecto inmóvil? No. Seguía andando lentamente…, pero ya no era por la celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en dirección a los grandes bulevares.

“Era una hermosa tarde de invierno, hacía un sol espléndido y todo era animación y ruido de coches. Consulté el reloj. Marcaba las tres y media. «A esta hora -pensé- en Petersburgo empieza a anochecer…». Sentí una súbita inquietud. Había llegado aquella mañana a Moscú con María Nicolayevna llevado por motivos políticos y nos habíamos inscrito en el hotel como marido y mujer. Ella se había quedado sola y, pese que le había indicado que cerrase con llave y no abriera a nadie, me asaltó el temor de que pudieran tenderla una trampa. ¡No había tiempo que perder!

“Tomé un coche de punto. Al llegar, subí la escalera a toda prisa y en seguida me vi ante la puerta de nuestra habitación. No habiendo visto la llave en el vestíbulo, pensé que María no había salido. Llamé del modo que habíamos convenido y esperé: silencio absoluto. Volví a llamar y empujé sin lograr abrir… ¡Nada!

“Sin duda había salido, o de lo contrario algo le había ocurrido. Entonces vi a Vasili, el camarero de nuestro piso.

“-Vasili -le pregunté-. ¿Ha visto usted salir a mi mujer? ¿Ha venido alguien a visitarla?

“El camarero titubeó… ¡Había tanto movimiento en el Hotel!

-¡Ah, sí, ya recuerdo! -dijo, al fin-. La señora ha salido. La he visto guardarse la llave en el bolsillo.

“-¿Iba sola?

“-No. Acompañada por un señor alto con gorro de pieles.

“-¿Ha dejado algún recado?

“-No, Sergio Sergueyevich.

“-No es posible, Vasili, no se debe acordar usted…

“-No. No me ha dicho nada. Tal vez el portero…

“Bajé a la portería seguido por el camarero que se había apercibido de mi inquietud que, por lo demás, no era inmotivada: no conocíamos a nadie en Moscú y aquel caballero alto del gorro de piel me inspiraba angustiosos recelos.

“Tampoco al portero le había dejado María recado alguno. Mi desasosiego iba en aumento.

“-¿No recuerda usted en que dirección se han ido?

“-Se han ido en un coche de punto de la parada de enfrente… ¡Mire usted, ese que llega ahora!

“Estábamos en la misma puerta y el portero llamó al cochero.

“-¿A dónde has llevado a los señores?

“-No recuerdo el nombre de la calle… Es una calle muy apartada en la que nunca había estado. El caballero me ha guiado.

“-No te será difícil volver a encontrarla -insistió el portero-, tú no eres un novato.

“-¡Claro que la encontraría! Pero el caballo está tan cansado…

“-Te daré una buena propina -dije para animarle. Logré convencerle. El portero abrió la portezuela y subí al carruaje.

“Estaba ya más tranquilo. Dentro de media hora o una hora, a lo más, estaría en la casa a la que el misterioso caballero había conducido a María. En las calles reinaba gran animación y, aunque no se habían encendido todavía los faroles, las tiendas ya estaban iluminadas. El tránsito era tan compacto que, de vez en cuando, teníamos que detenernos y entonces sentía yo en la nuca el cálido aliento del caballo del carruaje de atrás.

“De pronto recordé que era Nochebuena. ¡Cómo se me había podido olvidar!… En la plaza del Teatro se alzaba en medio de la nieve un verdadero bosque de pinos jóvenes y verdes de una fragancia deliciosa. Muchos hombres, envueltos en abrigos de pieles, paseaban alrededor oliendo a campo y a selva.

“No tardaron en encender los faroles y mi corazón se sintió cada vez más tranquilo. Luego de recorrer varias calles, algunas de las cuales me parecieron muy largas, penetramos en una parte de la ciudad que yo no conocía.

“Al principio, el cochero me iba diciendo los nombres de las calles por las que pasábamos -unos nombres raros que nunca había oído-, pero luego empezamos a zigzaguear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como para mí.

“Resulta muy desagradable recorrer de noche una ciudad o un barrio que no se conoce. Cada vez que se dobla una esquina se teme haber penetrado en un callejón sin salida. Debido a que ello me ocurría en Moscú, ciudad que yo creía conocer palmo a palmo, mi desasosiego aumentaba. Me parecía que, en cada callejuela, me acechaban traiciones y emboscadas.

“Al pensar en María y en el individuo del gorro de pieles me entraban impulsos de echar a correr en su búsqueda. El caballo marchaba muy despacio y, de vez en cuando, volvía sobre sus pasos. Yo contemplaba la espalda inmóvil del cochero y me parecía como si siempre la hubiese estado viendo, como si se tratase de algo inmutable y fatal.

“Los faroles eran cada vez más escasos. Casi no se veían tiendas ni ventanas iluminadas. Todo se hundía en el sueño nocturno.

“Al doblar una esquina el coche se detuvo.

“-¿Por qué paras? -pregunté al cochero lleno de angustia.

“No contestó. De pronto, hizo volver grupas al caballo de modo tan brusco que por poco me lanza al arroyo.

“-¿Te has perdido?

“-Ya hemos pasado por aquí -repuso tras unos instantes de silencio-. Fíjese usted.

“Me fijé, en efecto, y recordé el paraje, aquel farol junto al montón de nieve, aquella casa de dos pisos… ¡Ya habíamos pasado por allí!

“Aquello fue el comienzo de un nuevo e insoportable tormento: comenzamos a pasar por calles y callejuelas en las que ya habíamos estado, sin poder salir de aquel laberinto. Luego atravesamos una amplia avenida, alumbradísima y muy animada, por la que ya habíamos pasado. Poco después, volvimos a atravesarla.

“-Deberíamos preguntar a alguien…

“-¿Qué vamos a preguntarles? -contestó secamente el cochero-. Si no sabemos a dónde vamos…

“-Pero tú decías…

“-¡Yo no he dicho nada!

“-Haz por orientarte. Se trata de algo muy importante para mí.

“No contestó. Cuando hubimos recorrido unos cien metros más en zigzag, dijo:

“-Ya ve usted que hago todo lo posible…

“Por fin alcanzamos una calleja en la que no habíamos estado. El cochero, sin volverse, dijo:

“-¡Ya empiezo a orientarme!

“-¿Llegaremos pronto?

“-No sé.

“Mi suplicio no había concluido. Nos envolvía una densa oscuridad y sólo veíamos interminables tapias, tras las que se alzaban corpulentos árboles, cuyas ramas casi se cruzaban con las del lado opuesto, y casas sin ventana alguna iluminada. En una de ellas debía estar María Nicolayevna. Sin duda había caído en una trampa siniestra y terrible. ¿Quién sería el hombre alto que la había llevado allí?

“Las tapias seguían deslizándose a ambos lados del coche. Ya empezaba a sospechar que estábamos pasando otra vez por las mismas calles, cuando, de pronto, el cochero exclamó:

“-¡Ahí es!

“-¿Dónde?

“-¿Ve usted esa puertecita en la tapia?

“Vi la puertecita pese a la oscuridad. Nos detuvimos y bajé del coche. Me acerqué a la puerta y estaba cerrada. No había aldaba. Reinaba un profundo silencio.

“Se me doblaron las piernas al preguntarme para qué habrían llevado allí a María.

“Di unos golpecitos con los nudillos. Silencio. Sobre mi cabeza, las ramas cubiertas de nieve parecían serpientes blancas.

“A través de una rendija pude ver un largo sendero que conducía a la escalera de una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. Allí había alguien. Algo ocurría. Lo denunciaba la negrura hipócrita de sus ventanas.

“Enloquecido, empecé a dar tremendos puñetazos en la puertecita y a gritar.

“-¡Abran!

“Los golpes se fundían en un ruido sordo y continuo que resonaba en toda la calle y me impedía oír mi propia voz.

“Las manos me dolían, pero seguía golpeando cada vez con más fuerza. La puerta, la tapia, la calle entera trepidaban como un viejo puente al paso de un escuadrón.

“Por fin, una luz débil y amarillenta brilló en una rendija. Temblaron algunas ramas. Alguien se acercaba con una linterna y se oían voces ahogadas.

“Un profundo temor me embargó. Había algo terrible en aquellas voces, en la luz trémula y débil.

“Los faros se detuvieron ante la puerta. Al cabo de unos instantes, que se me hicieron siglos, se oyó el tintineo de las llaves, el ruido de una cerradura y una luz cegadora hirió mis ojos.

“En la puerta estaban… mi carcelero y otro funcionario.

“-¿Qué es esto? -grité-. ¿Qué hace aquí mi carcelero? ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he llamado?

“Los dos empleados, inmóviles en el umbral, me miraban asombrados.

“-¿Por qué llama usted de ese modo, Sergio Sergueyevich? -me dijo el carcelero-. Tome el quinqué, ahora le traeré elsamovar.

“Tomé el quinqué. Estaba en mi celda.”

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