29/09/2026
El pericón y San Miguel: memoria de una planta sagrada entre el mundo nahua y la tradición popular
Cada 28 de septiembre, en vísperas de la festividad de San Miguel Arcángel, numerosas comunidades del centro de México colocan cruces elaboradas con flores de pericón en las puertas de sus casas, ventanas, milpas, caminos y vehículos. Esta costumbre, que para muchos forma parte de la vida cotidiana, guarda una historia mucho más antigua que la propia celebración católica: la del yauhtli, una planta que tuvo un lugar significativo en la cosmovisión y las prácticas rituales de los pueblos nahuas.
Conocido actualmente como pericón (Tagetes lucida), el yauhtli no fue concebido únicamente como una hierba medicinal. Su presencia en ceremonias, ofrendas y representaciones de las divinidades revela una relación con el mundo vegetal en la que la naturaleza, la medicina, la agricultura y lo sagrado no constituían ámbitos completamente separados.
El yauhtli: una planta vinculada con lo divino
En las fuentes del México antiguo, particularmente en los registros de Bernardino de Sahagún y en las representaciones de diversos códices, el yauhtli aparece relacionado con Tláloc y los Tlaloques, divinidades vinculadas con la lluvia, las montañas y la fertilidad de la tierra.
Su presencia en los atavíos y ceremonias religiosas permite reconocer que la planta no era solamente una ofrenda destinada a los dioses, sino una sustancia que participaba materialmente en el ritual. Su aroma, su color y sus propiedades formaban parte de las relaciones que los seres humanos establecían con las fuerzas de la naturaleza.
El yauhtli también tuvo aplicaciones medicinales. Las fuentes coloniales registran su utilización para atender distintos padecimientos y su presencia en prácticas relacionadas con las parteras y el cuidado del cuerpo. Asimismo, Sahagún documenta su empleo en ceremonias como Xócotl Huetzi, donde se aplicaba polvo de la planta a los cautivos antes del sacrificio, con la finalidad de alterar su percepción.
Estos testimonios muestran la amplitud de sus usos: el pericón era, simultáneamente, una planta medicinal, una sustancia ritual y un elemento asociado con el universo de las divinidades.
Su importancia no residía únicamente en lo que podía curar o producir físicamente, sino también en las relaciones simbólicas y comunitarias que se construían a través de ella.
Del yauhtli a la cruz de San Miguel
Con la llegada del cristianismo y la transformación de las prácticas religiosas durante la época colonial, las tradiciones indígenas se encontraron con nuevos símbolos, celebraciones y narraciones.
En este proceso, las antiguas relaciones con las plantas y el territorio no desaparecieron de manera uniforme. Muchas prácticas se transformaron, adquirieron nuevos significados y se incorporaron a las celebraciones católicas, dando lugar a expresiones de religiosidad popular que continúan presentes hasta nuestros días.
La colocación de cruces de pericón el 28 de septiembre, víspera de San Miguel Arcángel, es uno de los ejemplos más representativos de este proceso.
De acuerdo con la tradición popular de distintas comunidades, durante esa noche el Diablo anda suelto y puede entrar en las casas, dañar las cosechas o provocar desgracias. San Miguel, reconocido en la tradición cristiana como vencedor de las fuerzas del mal, se convierte así en una figura protectora.
Las cruces de pericón se colocan para resguardar los hogares y las milpas. La cruz representa la protección cristiana, mientras que la planta conserva una presencia ritual profundamente arraigada en la historia cultural de la región.
No podemos afirmar que esta costumbre sea una reproducción intacta de un antiguo ritual dedicado a Tláloc, ni que San Miguel haya sustituido directamente a esta divinidad en todas las comunidades. Lo que sí podemos reconocer es una historia de encuentros, transformaciones y resignificaciones en la que elementos de distintas tradiciones se incorporaron a nuevas formas de celebrar y comprender el mundo.
La cruz de pericón expresa precisamente esa complejidad: una tradición cristiana que se manifiesta mediante una planta cuyo pasado ritual se remonta a las culturas mesoamericanas.
La flor, el maíz y el tiempo de las cosechas
La fecha de esta celebración también nos remite al ciclo agrícola.
El final de septiembre coincide, en diversas regiones del centro de México, con una etapa avanzada del crecimiento del maíz y con el inicio de las primeras cosechas. La floración del pericón y su disponibilidad en el entorno contribuyen a explicar su presencia en las prácticas de protección de las milpas.
Para las comunidades campesinas, la cosecha representa el resultado de meses de trabajo y una relación estrecha con las lluvias, la tierra y los cambios estacionales. La colocación de las cruces expresa el deseo de proteger aquello que garantiza la subsistencia de las familias.
Por eso, el pericón no se encuentra únicamente en los espacios religiosos. También está presente en las puertas de las casas, en las parcelas y en los vehículos, extendiendo simbólicamente la protección a los distintos ámbitos de la vida comunitaria.
En esta práctica, la naturaleza y la religión vuelven a encontrarse: una planta que crece y florece en determinada época del año se convierte en parte de una celebración que organiza el tiempo, las preocupaciones y las esperanzas de la comunidad.
Una tradición viva: la memoria que permanece en las costumbres
Quizá uno de los aspectos más interesantes de esta celebración es que muchas veces sus participantes no necesitan conocer toda la historia prehispánica del yauhtli para continuar colocando sus cruces.
Las tradiciones no se conservan únicamente mediante libros o relatos históricos. También sobreviven en los gestos que se repiten, en los conocimientos transmitidos entre generaciones, en las plantas que se recolectan y en las fechas que siguen marcando la vida de los pueblos.
El pericón nos permite reconocer que la memoria cultural puede permanecer incluso cuando sus significados se transforman. Una práctica puede adquirir un sentido cristiano y, al mismo tiempo, conservar una relación profunda con el territorio, el calendario agrícola y los conocimientos vegetales heredados.
Cada cruz colocada el 28 de septiembre es, en este sentido, mucho más que un adorno o un amuleto. Es una expresión de la historia de las comunidades, de sus formas de proteger la vida y de la manera en que distintas tradiciones se han encontrado a lo largo del tiempo.
En las flores amarillas del pericón permanece una historia que vincula la antigua cosmovisión nahua con la religiosidad popular contemporánea; una historia en la que la tierra, las plantas, las creencias y la identidad comunitaria continúan entrelazándose.
Este 28 de septiembre, al colocar una cruz de pericón, recordemos que en nuestras costumbres también habita la memoria de quienes nos precedieron: una memoria que no permanece inmóvil, sino que sigue floreciendo y transformándose con cada generación.