25/06/2026
Felipe Zuccarelli. El Gobernador de la soledad. Segunda parte.
Sus animales: Compañerismo y sacrificio.
Recordemos que en 1903 había sido contratado como cocinero de una fábrica de aceite de foca en la Isla de los Estados. Tras el fracaso del negocio, el patrón le propuso quedarse en Puerto Cook al cuidado de las construcciones, el material y muchas toneladas de carbón, prometiéndole que regresaría pronto a buscarlo o a reabastecerlo. Sin embargo, el dueño de la fábrica nunca volvió, por lo que Zuccarelli tuvo que adaptarse y sobrevivir en el aislamiento más absoluto en uno de los confines más inhóspitos del planeta.
Sin embargo no estaba del todo solo, lo acompañaban sus animales, con los que dialogaba con la frecuencia y el respeto que se le debe a un humano. Cinco perros seguían sus pasos a donde fuera; entre ellos, su preferido, Santa Cruz, fiel compañero desde el primer día y testigo silencioso en la mayoría de las fotografías de la época. Otro de los canes demostró un arraigo conmovedor por la costa de Puerto Cook: cuando Zuccarelli fue trasladado al faro de Año Nuevo e intentó llevarlo consigo, el animal se arrojó al mar desde el bote en dos oportunidades, nadando de regreso a la que consideraba su única patria.
También compartía sus días con cinco gallinas. A algunas las bautizó como Juanita o Pepita, que le regalaban el milagro de un huevo fresco cada mañana. No obstante, cuando el invierno arreciaba y el hambre apretaba, la supervivencia imponía su ley más cruda: aquellas compañeras terminaban en el guiso que le devolvía las fuerzas que tanto necesitaba.
En la inmensidad de su confinamiento, Zuccarelli también hablaba con la pava de tomar mate, con los árboles doblados por el viento, con las olas y con la noche estrellada austral. Mientras tanto, su mirada gastada seguía fija en el horizonte, buscando la silueta de algún barco que pasara o decidiera recalar; el sutil destello de una esperanza para romper, al fin, la profunda soledad que lo envolvía.
Museo Mineralis